En el reflejo de sus ojos podía observar la figura turbulenta del fuego chispear. Mil millones de veces le habían herido los sentimientos. Sí, ya lo se, a todos nos hieren a veces. A él lo hieren siempre. Que es tonto, vago, atorrante, molesto, pesado, inútil, un trapo nuevo, pero inservible. Sus lamentos eran oídos por el aire. Alto, flaco, desgarbado, casi un saco de huesos a punto de colapsar. El único órgano que le importaba era el que en peor estado se hallaba, no físico, sino "almíco", como el solía explicarlo. Es difícil, si, lo se, también se que lo fue y que lo será. Su vida ha sido un infierno marchito sin llegar a convertirse en algo más que un conjunto de momentos efímeros en la nada. Juzgado, siempre juzgado por demás. ¿Acaso nadie sabe cerrar su boca por unos instantes, estúpidos instantes? Parece que no. Claro, es fácil hablar del pobre Ian, ese flacucho con cara de triste, pocos amigos y muchos libros. Lo complicado es hablar de uno mismo, ¿no?
Ian sabe que es lento con las mujeres, hábil con las letras, fracasado en matemáticas, horrible para el baile ( peor para el canto) y tímido. Pero yo se que es más que eso. De hecho en sala de mi casa exhibo un cuadro pintado por él. Nadie cree que Ian haya podido hacerlo, pues claro, es el retraído de Ian, ¿cómo podría ese escuálido ser pintar algo tan bello? Y ese es el punto, el es bello; incomprendidamente bello...