Oscuridad. Una figura en el cielo raso; el display del reloj rojo sobre la pequeña mesa blanca me dice que son las cinco. Me doy vuelta, estoy enredado en las sábanas grises. Restriego mis ojos, miro mis manos, me estiro. Sigo enredado. Empiezo a buscar mi cuerpo bajo las sábanas, finalmente encuentro la punta de mis pies, mi cuerpo entero. Mi aspecto cadavérico no resalta en éstas sábanas, quizás sea positivo seguir dentro de ellas.
Cinco y diez. Mi cuerpo desnudo caminando hacia el baño. Mi dedo largo y flaco toca el interruptor, mis ojos ven el reflejo de lo que externamente soy. El agua comienza a caer en la bañadera, agua fría que de a poco se entibia. Siento cómo aumenta la temperatura del agua a medida que mi cuerpo se humedece más y más. El líquido comienza a enfriarse, salgo de él. Seco mi cuerpo con una suave tela.
Vuelvo a las sábanas, sólo que ahora estoy sobre ellas y el reloj indica que son las seis. Abro el cajón que está al lado de mi cama y me visto. Las medias, la ropa interior (aunque no sé por qué se denomina así), un jean bastante viejo, una remera gastada y ese suéter que tanto amo.
Camino hacia la cocina, preparo mi taza de café. Comienzo a sentir el placentero olor que despide el mismo y comprendo que ya está listo.
Merodeo por la casa con mi café en mano, miro por la ventana; ayer llovió, me gusta la lluvia, me tranquiliza. Cuando caminaba hacia la sala de estar me quedé sin café.
Dejé la taza en la cocina y agarré las zapatillas que me aguardaban en el pasillo, me senté en el sofá y dejé que mis manos coloquen suavemente las queridas y simples zapatillas en mis ya gastados pies protegidos por las medias.
Me acerco a la puerta, salgo a la calle, el sol pega en mi frente. Hoy es otro día para gastarme un poco más.
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