La luz se apaga en su habitación. Enciende la música, yace en su cama. En la oscuridad se siente mejor. Y no por esconderse, y no por no encontrarse, sino por lo frío. Lo frío que lo tensa. Tensión que busca, la busca para dejar de lado la calidez del día, la falsedad de la luz, la luz que baña en oro una ciudad amarga. Esa ciudad lo ha visto de tantos modos, esa ciudad le dibujó tantas circunstancias y le tomo tantas cosas, le tomo tantas horas... y es por ello que se refugia en su habitación. Busca un microespacio en el universo, en su continente, en su país, provincia y cuidad. Un microespacio que sea de su agrado, que lo contenga, un microespacio que lo acoja.
En penumbras, con música tranquila, pero no tranquilizante, se regocija en su monotonía, se funde en su unanimidad. Piensa en todo lo que ha vivido de día. Por un momento un viejo recuerdo vuelve a su memoria, si, era producto de la música. Su mente viaja a otro lugar, a otro tiempo. Se ve jugando en el patio de la casa donde creció. Se ve feliz, realmente feliz. Y en esa felicidad, en ese regocijo, en ese instante, en ese efímero instante en el cual todo se mezcla, en el cual sus viejos sentimientos vuelven, en el cual su mirada ya no mira nada, pero a la vez observa todo, en ese momento culmine de sus pensamientos cae en un sueño profundo, muy profundo...
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