Se había cansado de que le digan que su vida es perfecta. También se cansó de que le dijeran que estaba mejor que otros. ¡¿Y ellos qué saben?, si no viven lo que vivo!, lo gritaba en su mente todo el tiempo.
Su cuerpo estaba cansado, su mente repetía imágenes. Todo lo maravilloso de su vida, ¿era maravilloso realmente? Siempre la misma pregunta. Esa pregunta escondía detrás otras cosas, otros pensamientos, sentimientos.
¿Había utilizado su vida para hacer lo que realmente anhelaba? Creo que no, porque él mismo se lo preguntaba día y noche. ¿Qué pasó con sus sueños? ¿Dónde quedaron sus inquietudes? ¿Dónde quedó su felicidad?
Aparentemente todo se estancó en el mismo punto. Una parte de su vida fue realmente disfrutada, pero sus sueños se perdieron con los años, se perdieron en el tiempo. Sus inquietudes se aquietaron en un freezer de conocimiento. Su felicidad quedó plasmada en su último cuadro.
Se cansó de hablar. ¿Para qué hacerlo?, si nadie escuchaba sus opiniones, si a nadie le preocupó su lírica. Intentó elevar su voz repetidas veces pero sólo le respondieron gritos. Que dolor de cabeza, que dolor de cabeza. Simplemente juntó sus labios, tan sólo cerró su boca. Comenzó a hablar silencios.
Cuando era joven le cercaron la vida, cuando era joven eligieron su vida. Él pintaba, él dibujaba. Su alegría eran sus obras. ¿Pero cómo lograr que la familia entienda? Imposible. Lo intentó miles de veces hablando, lo intentó miles más con sus ejemplos tangibles, con sus cuadros preciados. Ninguno entendió jamás su punto de vista, nadie comprendió lo que pasaba por su mente, por su cuerpo, por su vida.
Su padre era arquitecto, su madre abogada, su hermano médico. Él no podía ser sólo pintor. Su padre no le permitió estudiar arte, se basaba en que era una profesión sin futuro, en la cual había que tener suerte y en que esos preciados cuadros que su hijo elaboraba eran, simplemente, basura.
A fin de cuentas estudió leyes, total siempre iba a haber alguien a quien defender, alguien a quien juzgar. Entre tanto seguía pintando, con la misma pasión de siempre pero sin el encanto de antes.
Paso un año, dos, tres, quince. La misma rutina, pero ya no pintaba. El tiempo había robado su amor, el tiempo había absorbido su vida.
Fue ese día, ese día dejó de hablar. El día cuatro del mes seis de ese año quince. Perdió el juicio ante el tribunal, condenaron a muerte a alguien inocente. ¿Para qué palabras? ¿Para qué? Esa vez las palabras no ayudaron, se volvieron inútiles, inútiles como hace quince años atrás, inútiles como en varias ocasiones de su vida.
Como no hablaba no podía defender, no podía probar nada y no podía juzgar a nadie. Dejó de trabajar. Volvió a su casa, sin hablar.
Nadie lo esperaba en su casa. Nunca nadie lo esperaba. Treinta y tres años y nadie lo esperaba. Una vez se enamoró, sí, él lo recuerda perfectamente. La había ilustrado en un pequeño lienzo, un lienzo lo suficientemente pequeño para no distinguir grandes detalles, un lienzo bastante grande para recordarla a ella: un lienzo perfecto.
Treinta y tres años y un abismo. Fue a la librería y compró un lienzo, compró acrílicos, consiguió pasteles y algo de óleos, pidió todo sin hablar, lo pidió con esa luz de tristeza en sus ojos.
Volvió a su casa donde nadie lo esperaba. Abrió las ventanas, tiró los papeles de la mesa. Desenvolvió el lienzo, pintó en él con sus dedos recordando viejos tiempos.
Era de noche. Terminó el cuadro, cerró las ventanas, apagó las luces. Se recostó en la mesa.
Ahí lo encontraron. Plasmado en la mesa impregnada de colores, en un ambiente de quietud, en su propio cuadro. Junto a la ventana se hallaba el lienzo, ese era un lienzo desesperado. ¡Qué tarde se dio cuenta de las cosas!
Y fue en ese instante en el cual todos se preocuparon por sus opiniones, en el cual todos derramaron una lágrima. Pero ya era tarde, nunca más pintaría…
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