martes, 5 de octubre de 2010

No hay buenos ni malos poetas

Puedes tener más o menos talento
puedes ser blanco de grandes críticas
puedes poseer un gran vocabulario
o puedes escribir con simples palabras.

Puedes basarte en hechos vividos
o puedes inventar para luego vivirlos.
Puedes decir que todo está perdido,
puedes rescatar cosas del olvido.

Puede que a todos les agrade tu obra
puede que varios no la hayan entendido
puede que muchos piensen que eres un fracaso
puede que otros te den por aludido.

Y es entonces cuando descubres
que no hay buenos ni malos poetas,
y es sólo entonces cuando recuerdas
que alguna vez fuiste incomprendido.

Navidades

En las fiestas siempre pasa lo mismo: se reúne toda la familia, se buscan cosas lindas para regalar, se cocina para cuarenta (aunque en realidad comamos como todos los días y sobren cosas), algunos terminan contentos con su regalo, otros no tanto…
Hasta acá habrás dicho: “posta, es verdad”. Pero claro esa es la realidad que una parte de la población vive, que sólo una parte siente. ¿Y qué hay de aquellos que no tienen nada? ¿Qué pasa con los chicos que no tienen esos lujos que nosotros consideramos cotidianos a estas fechas?
Quizás habría que dejar de lado “nuestras cosas cotidianas” tan sólo por un segundo, para reflexionar, por que el mejor regalo que se le puede dar a alguien en estas fiestas es un gran pack de reflexión, amor, alegría y comprensión.

Momentos y Confusiones

Parte I

Tardes, días, noches…
Ya no soy,
ya no sé lo que pienso.

¿Y qué hacer,
qué sentir,
dónde buscar?

Miro atrás,
me detengo,
no voy a volver.

Sensación rara,
extraña.
Pero puedo vivir con ella.

Segundos, minutos, horas.
¿Qué me pasa?
Al menos soy feliz.

Sin presión,
voy a seguir.
Ahora lo acepto.

Parte II

Quizás no seas lo que busco,
tampoco pretendo que lo seas.

No podes entenderme,
sé que cuesta, es difícil.

No voy a cambiar,
pero estoy intentando.

Mi parte egoísta me gana,
sé que no lo soportas.

Probablemente nunca termine,
aunque quizás lo termine hoy.

Y no quiero lastimarte,
y pretendo no herirte.

No voy a cambiar,
pero sigo intentando…

Microespacio

La luz se apaga en su habitación. Enciende la música, yace en su cama. En la oscuridad se siente mejor. Y no por esconderse, y no por no encontrarse, sino por lo frío. Lo frío que lo tensa. Tensión que busca, la busca para dejar de lado la calidez del día, la falsedad de la luz, la luz que baña en oro una ciudad amarga. Esa ciudad lo ha visto de tantos modos, esa ciudad le dibujó tantas circunstancias y le tomo tantas cosas, le tomo tantas horas... y es por ello que se refugia en su habitación. Busca un microespacio en el universo, en su continente, en su país, provincia y cuidad. Un microespacio que sea de su agrado, que lo contenga, un microespacio que lo acoja.
En penumbras, con música tranquila, pero no tranquilizante, se regocija en su monotonía, se funde en su unanimidad. Piensa en todo lo que ha vivido de día. Por un momento un viejo recuerdo vuelve a su memoria, si, era producto de la música. Su mente viaja a otro lugar, a otro tiempo. Se ve jugando en el patio de la casa donde creció. Se ve feliz, realmente feliz. Y en esa felicidad, en ese regocijo, en ese instante, en ese efímero instante en el cual todo se mezcla, en el cual sus viejos sentimientos vuelven, en el cual su mirada ya no mira nada, pero a la vez observa todo, en ese momento culmine de sus pensamientos cae en un sueño profundo, muy profundo...

Me escurro entre tus dedos

Como un puñado de arena entre las manos,
yo soy la arena, vos sos las manos.
Podes hacer de mi lo que quieras,
podes tocarme, podes sentirme…

Podes apretarme suavemente
Hacerme girar entre tus dedos,
tirarme y juntarme de nuevo.
Yo me adapto a lo que quieras.

Pero tenes que entender que vengo del mar,
tenes que comprender que no me voy a quedar,
tenes que saber que estoy jugando con vos
del mismo modo en que vos jugás conmigo.

Los cuentos, la realidad, la fantasía y nosotros

Se había cansado de que le digan que su vida es perfecta. También se cansó de que le dijeran que estaba mejor que otros. ¡¿Y ellos qué saben?, si no viven lo que vivo!, lo gritaba en su mente todo el tiempo.
Su cuerpo estaba cansado, su mente repetía imágenes. Todo lo maravilloso de su vida, ¿era maravilloso realmente? Siempre la misma pregunta. Esa pregunta escondía detrás otras cosas, otros pensamientos, sentimientos.
¿Había utilizado su vida para hacer lo que realmente anhelaba? Creo que no, porque él mismo se lo preguntaba día y noche. ¿Qué pasó con sus sueños? ¿Dónde quedaron sus inquietudes? ¿Dónde quedó su felicidad?
Aparentemente todo se estancó en el mismo punto. Una parte de su vida fue realmente disfrutada, pero sus sueños se perdieron con los años, se perdieron en el tiempo. Sus inquietudes se aquietaron en un freezer de conocimiento. Su felicidad quedó plasmada en su último cuadro.
Se cansó de hablar. ¿Para qué hacerlo?, si nadie escuchaba sus opiniones, si a nadie le preocupó su lírica. Intentó elevar su voz repetidas veces pero sólo le respondieron gritos. Que dolor de cabeza, que dolor de cabeza. Simplemente juntó sus labios, tan sólo cerró su boca. Comenzó a hablar silencios.
Cuando era joven le cercaron la vida, cuando era joven eligieron su vida. Él pintaba, él dibujaba. Su alegría eran sus obras. ¿Pero cómo lograr que la familia entienda? Imposible. Lo intentó miles de veces hablando, lo intentó miles más con sus ejemplos tangibles, con sus cuadros preciados. Ninguno entendió jamás su punto de vista, nadie comprendió lo que pasaba por su mente, por su cuerpo, por su vida.
Su padre era arquitecto, su madre abogada, su hermano médico. Él no podía ser sólo pintor. Su padre no le permitió estudiar arte, se basaba en que era una profesión sin futuro, en la cual había que tener suerte y en que esos preciados cuadros que su hijo elaboraba eran, simplemente, basura.
A fin de cuentas estudió leyes, total siempre iba a haber alguien a quien defender, alguien a quien juzgar. Entre tanto seguía pintando, con la misma pasión de siempre pero sin el encanto de antes.
Paso un año, dos, tres, quince. La misma rutina, pero ya no pintaba. El tiempo había robado su amor, el tiempo había absorbido su vida.
Fue ese día, ese día dejó de hablar. El día cuatro del mes seis de ese año quince. Perdió el juicio ante el tribunal, condenaron a muerte a alguien inocente. ¿Para qué palabras? ¿Para qué? Esa vez las palabras no ayudaron, se volvieron inútiles, inútiles como hace quince años atrás, inútiles como en varias ocasiones de su vida.
Como no hablaba no podía defender, no podía probar nada y no podía juzgar a nadie. Dejó de trabajar. Volvió a su casa, sin hablar.
Nadie lo esperaba en su casa. Nunca nadie lo esperaba. Treinta y tres años y nadie lo esperaba. Una vez se enamoró, sí, él lo recuerda perfectamente. La había ilustrado en un pequeño lienzo, un lienzo lo suficientemente pequeño para no distinguir grandes detalles, un lienzo bastante grande para recordarla a ella: un lienzo perfecto.
Treinta y tres años y un abismo. Fue a la librería y compró un lienzo, compró acrílicos, consiguió pasteles y algo de óleos, pidió todo sin hablar, lo pidió con esa luz de tristeza en sus ojos.
Volvió a su casa donde nadie lo esperaba. Abrió las ventanas, tiró los papeles de la mesa. Desenvolvió el lienzo, pintó en él con sus dedos recordando viejos tiempos.
Era de noche. Terminó el cuadro, cerró las ventanas, apagó las luces. Se recostó en la mesa.
Ahí lo encontraron. Plasmado en la mesa impregnada de colores, en un ambiente de quietud, en su propio cuadro. Junto a la ventana se hallaba el lienzo, ese era un lienzo desesperado. ¡Qué tarde se dio cuenta de las cosas!
Y fue en ese instante en el cual todos se preocuparon por sus opiniones, en el cual todos derramaron una lágrima. Pero ya era tarde, nunca más pintaría…

Libros y cofres

Yo soy de esas personas que suelen guardar cosas en los libros, la verdad es que siempre encontré refugio en ellos y desde chica pensé que serían un buen cofre para mis pequeños tesoros, junto a todas esas letras que forman historias increíbles.
Hoy me puse a buscar esos tesoros en mi biblioteca, sólo para recordar viejos tiempos.
Dentro de un libro de música encontré una hoja en la cual practiqué la clave de sol, que no me salía. En un libro de lengua y literatura encontré una nota: “Paz en la guerra-Unamuno”, libro que aún no leí (recuerdo que lo anoté porque su título me llamaba la atención. Un libro de cine guardaba el primer capítulo de una novela que nunca terminé de escribir. Un atlas soltó un papel que dice Alemania en dorado, completamente decorado…algún día debo ir a ese país. Adentro de “Pequeño mundo” encontré una planchuela de stickers que me gusta tanto que nunca la usé. En un libro de José Narosky me topé con una carta que nunca entregué. En “Los soles restantes” hallé una mariposa naranja y amarilla y una hoja rojiza de un árbol. En el interior un libro de arte localicé un trébol de cuatro hojas, dicen que traen buena suerte.
¿No resulta increíble como se pueden guardar tantas cosas, situaciones, emociones y recuerdos en los libros?
Me acuerdo perfectamente cuando guardé cada una de esas cosas y espero que pasen unos meses así vuelvo a mi biblioteca a ver que tesoros encuentro, porque uno necesita recordar; si no recuerda, muere.